Renunciar también es un acto restaurativo
En justicia restaurativa solemos hablar de daño, responsabilidad y reparación como si fueran conceptos que solo habitan los procesos judiciales. Pero la vida, cuando se la mira con honestidad, también pide prácticas restaurativas.
Renunciar a un trabajo estable fue, para mí, una de esas prácticas. No porque hubiera un daño visible hacia otros, sino porque había uno silencioso hacia mí misma: sostener un lugar que ya no me representaba, postergar una voz propia, dejar en pausa un proyecto que pedía tiempo, presencia y coherencia.
Desde la justicia restaurativa entendemos la responsabilidad no solo como asumir consecuencias, sino como la capacidad de responder.
Responder a lo que duele.
Responder a lo que insiste.
Responder a lo que ya no puede seguir siendo ignorado.
Esta renuncia fue un acto de reconocimiento.
Reconocer mis límites. Reconocer una necesidad. Reconocer mis habilidades.
Reconocer que no hay reparación posible si seguimos habitando escenarios que nos fragmentan.
Tampoco fue una decisión cómoda. Toda práctica restaurativa auténtica incomoda: mueve, desestabiliza, confronta miedos, historias y posturas. Hay incertidumbre, duelo por lo que se deja y preguntas que no tienen respuesta inmediata. Pero también hay algo que se reordena internamente cuando la decisión nace del cuidado.
En los procesos restaurativos buscamos que las personas puedan volver a sí, recuperar agencia y sentido. Eso es, en el fondo, lo que estoy haciendo ahora: devolverme el conflicto, asumirlo, transformarlo y caminar con él de otra manera.
Escribo esto porque creo que la justicia restaurativa no se limita a círculos, metodologías o audiencias. También se practica cuando nos elegimos, cuando reparamos lo que nos venía doliendo en silencio y cuando decidimos vivir con mayor coherencia entre lo que pensamos, sentimos y hacemos.
Esta semana no empiezo una etapa “segura”.
Empiezo una etapa honesta.
Y, desde una mirada restaurativa, eso ya es una forma de reparación.