Si la violencia pudiera resolverse con más violencia, el mundo ya sería un lugar en paz

Hay preguntas que no tienen una respuesta cómoda, pero que es necesario sostener. Esta es una de ellas. Porque cuando alguien ha causado un daño profundo, cuando lo que queda es dolor, rabia e impotencia, aparece una idea que, aunque no siempre se dice en voz alta, habita con fuerza: que la única forma de hacer justicia es responder con la misma intensidad con la que se recibió el daño. Es una reacción humana. Nadie puede negar la legitimidad de esa emoción. Sin embargo, también es una idea que merece ser cuestionada.

La violencia no solo se expresa en los hechos; también se instala en las formas en que aprendemos a responderlos. Cuando el daño es grande, parece lógico pensar que una respuesta más dura, más fuerte o más radical es la única salida posible. Pero allí aparece una tensión que no siempre estamos dispuestos a mirar: ¿qué sucede cuando la respuesta reproduce la misma lógica que dio origen al daño? ¿Qué ocurre cuando, en nombre de la justicia, terminamos utilizando las mismas herramientas que criticamos?

Responder con más violencia puede generar una sensación inmediata de control, incluso de alivio. Puede dar la impresión de que algo se ha “equilibrado”, de que el daño ha sido compensado. Pero si miramos más allá del momento inmediato, la pregunta persiste: ¿qué se transforma realmente? El dolor no desaparece por la fuerza. Las historias no se resignifican automáticamente. Las relaciones no se reconstruyen solo porque hubo una respuesta contundente. Muchas veces, lo que ocurre es que el conflicto no se resuelve, sino que cambia de forma: se desplaza, se acumula, se transmite y crece.

Esto no significa, en ningún caso, justificar el daño o eliminar la responsabilidad. Tampoco implica negar la necesidad de límites. Las sociedades necesitan normas, y las personas necesitan protección. Pero es importante diferenciar entre poner un límite y transformar un conflicto. Castigar puede detener una conducta, pero no necesariamente repara lo que se rompió. Y cuando lo que se rompió no se nombra, no se comprende y no se aborda, permanece. En ese punto también se pierde algo fundamental: la oportunidad pedagógica del conflicto. Porque todo conflicto, incluso el más difícil, contiene la posibilidad de generar comprensión, conciencia y transformación.

Cuando la respuesta se limita únicamente al castigo, esa posibilidad se interrumpe. Se envía un mensaje de límite, sí, pero no necesariamente se produce un proceso de aprendizaje real. En muchos casos, lo que ocurre es que la conducta se detiene de manera temporal, pero las causas que la originaron permanecen intactas. Y aquello que no se transforma, tiende a repetirse.

Hay algo que la violencia deja como huella: historias que no se han contado, voces que no han sido escuchadas, responsabilidades que no han sido asumidas de manera consciente. Cuando las respuestas se centran únicamente en la reacción, estas dimensiones quedan por fuera. El conflicto, entonces, no se cierra; se silencia. Y lo que se silencia, muchas veces, vuelve a aparecer, en otros espacios, en otras formas, en otras personas.

Por eso, una mirada distinta no consiste en negar la gravedad del daño, sino en profundizar la forma en que lo abordamos. La justicia restaurativa, por ejemplo, no propone respuestas simplistas ni ingenuas. Lo que hace es ampliar la pregunta. Invita a preguntarnos no solo qué sanción corresponde, sino qué necesita realmente quien fue afectado, qué implica una responsabilidad que transforme, cómo se reconstruyen los vínculos dañados y qué condiciones son necesarias para que el daño no se repita.

En ese sentido, la paz no puede entenderse únicamente como ausencia de violencia. La paz implica la presencia de relaciones que han sido transformadas, de procesos en los que el daño ha sido reconocido, de espacios donde la verdad ha podido emerger y donde la responsabilidad ha sido asumida de forma que tenga sentido para quienes fueron afectados. Es un camino más complejo, más exigente, pero también más honesto.

Si la violencia pudiera resolverse con más violencia, el mundo ya sería un lugar en paz. Pero no lo es. Y tal vez ahí está la clave. Tal vez la pregunta no es cómo responder más fuerte, sino cómo dejamos de repetir aquello mismo que nos hirió.

Diana Sofia Benavides Lasso/ 27 de marzo de 2026

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