Elogio de la incomodidad (cuando la teoría te alcanza en la vida)
Hoy, en la clase de justicia restaurativa, hablábamos del elogio de la dificultad. Y la pregunta apareció casi de inmediato: ¿por qué es tan difícil lo difícil?, ¿por qué el proceso incomoda tanto?
Alguien dijo, medio en broma, medio en deseo, que qué fácil sería cerrar y abrir los ojos y ya estar graduados. Y ahí apareció algo importante: el sufrimiento, la incomodidad, la espera. Pero también apareció otra idea que me quedó resonando: es justamente en esa incomodidad donde nacen muchas de las ideas más brillantes, donde se va formando lo que somos hoy.
Salí de clase con esa reflexión rondándome la cabeza. Y como si la vida quisiera subrayarla, no pude recoger el carro por donde siempre. El camino estaba cerrado. Me tocó una vuelta larguísima, incómoda, inesperada. Me enojé. Protesté. Sentí esa pequeña frustración cotidiana que parece insignificante, pero que pesa.
Y entonces, manejando, caí en la cuenta de: hoy hablé de la incomodidad. Hablé de abrazar la dificultad… pero qué difícil es hacerlo cuando te toca a ti, cuando no es teoría, cuando no es un texto subrayado, sino la vida interrumpiéndote el camino.
Ahí entendí algo más profundo: no solo es complejo elogiar la dificultad; es aún más complejo encarnarla. Ponerla en la vida propia, en lo cotidiano, en lo pequeño. En el trancón, en el desvío, en el plan que no sale.
Pero creo que ahí está la tarea. No huirle a la incomodidad. No romantizarla, pero tampoco negarla. Mirarla de frente y preguntarnos qué nos quiere mostrar, qué nos está formando, qué versión de nosotros está naciendo ahí.
Quizá no se trata de amar la dificultad, sino de dejar de pelear tanto con ella. Porque, aunque no nos guste admitirlo, muchas veces es justo ahí, en lo incómodo, donde empieza la transformación.