¡Que vivan los nudos!
Hace un mes estuve a punto de vivir, otra vez, una pequeña tragedia. Fui a la peluquería con una intención simple: cuidar mi pelo, repararlo, devolverle vida. Pero en medio de ese intento, de ese “detox” que prometía lo mejor, pasó algo inesperado: mi pelo se enredó. Pero no un enredo cualquiera. Un nudo difícil, de esos que no se deshacen con paciencia ni con cuidado. De esos que obligan a tomar decisiones.
Mientras veía cómo intentaban salvarlo, sentí angustia. No solo por cómo iba a quedar, sino porque mi cuerpo ya conocía esa sensación. Ya había pasado por algo similar antes. Y no había salido bien. Esta vez pensé: “otra vez no”. Pero esta vez fue distinto.
Sí, hubo que cortar. Sí, hubo que soltar una parte. Sí, al principio no me gustó cómo quedó. Me sentí incómoda, rara, incluso un poco triste. Pero pasó algo que no esperaba: mi pelo empezó a sanar. A los días, a las semanas… estaba mejor que antes. Más liviano. Más fuerte. Más vivo. Y entonces entendí algo.
A veces los nudos no llegan a dañarnos.
Llegan a mostrarnos que algo ya no puede seguir igual.
Nos obligan a detenernos. A mirar. A decidir. Y a veces, sí… a cortar.
Pero cortar no siempre es perder. A veces es la única forma de empezar de nuevo.
Vivimos evitando los nudos. Queremos que todo fluya, que todo sea suave, que nada duela, que nada se complique. Pero la vida, como el pelo, no siempre responde a nuestras expectativas. Se enreda. Y cuando se enreda, no basta con ignorarlo. Hay que entrar ahí. Con cuidado. Con valentía. Con honestidad. Y a veces, con tijeras.
Hoy mi pelo está bien. Muy bien. Y no solo eso… está agradecido. Y yo también. Porque ese nudo, que en su momento sentí como un problema, terminó siendo una oportunidad. Una pausa. Un cambio. Una forma distinta de verme.
Por eso hoy lo digo distinto: ¡Que vivan los nudos!
Diana Sofia Benavides/ 23 de Abril de 2026